Crítica a David Urbano para la Galería Tetera y Kiwi

Una de las primeras críticas que me publicaron oficialmente, fueron las que escribí para la galería de arte emergente  y productora audiovisual Tetera y Kiwi. Es uno de los proyectos pequeños pero matones que a mí me suelen gustar.

Tetera y Kiwi son Irene Sobreviela y Antonio Luque, dos perfiles culturales y artísticos tan dispares y tan interconectados al mismo tiempo que su trabajo es un conjunto de engranajes realmente efectivo. Llegaron a Granada movidos por los estudios y las ganas de poder emprender una idea en el mundo cultural que actualmente las galerías tradicionales se resisten a aceptar. Tetera y Kiwi no es sólo una galería de arte emergente, sino que han diversificado su trabajo para que a la vez puedan dedicarse a lo que realmente les apasiona y de lo que han estudiado: El cine, la fotografía y la ilustración. Y es que Tetera y Kiwi también es sinónimo de productora audiovisual. Pero de las que hacen todo con toneladas de complicidad y cercanía.

La galería tiene ya dos años y su maduración no ha sido sólo a nivel profesional, sino físico. Siempre formando parte del activo centro de Granada, eso sí.

Ellos me dieron la oportunidad y confiaron en mi capacidad para proporcionarles textos críticos para sus exposiciones, a pesar de encontrarme a más de 1000 km de Granada.  Labor que, quiero retomar pronto y sin dudarlo.

La crítica fue para el artista David Urbano, cordobés de nacimiento y estudiante de Bellas Artes en la facultad de Bellas Artes Alonso Cano.

Os dejo con la crítica y las fotos de la exposición

”El ladrón de recuerdos” se apega a la vida aunque no lo parezca, hace desaparecer los discursos teóricos enredados y apuesta por la la experiencia biográfica como la más didáctica de todas para cambiar el mundo y redescubrir una ética politícamente ”antinstitucional”.

El tratamiento de algo social como es Alhzeimer, tiene en David Urbano una nueva forma de investigación basada en el más puro enfrentamiento, y huyendo del cuidado paliativo y la caridad en el discurso. David entra de lleno en el proceso degenerativo que se desarrolla en la mente humana cuando esta enfermedad aparece. Se muestra la visión más personal acerca de ella, lo que enriquece su reflexión y la llena de detallada información para comprender cómo es el entramado mental al que se enfrenta una persona que tenga sufra este mal.

En este contexto, es importante el tema de la comunicación ya que la comunicación convencional, se produce de manera automática en una obra de arte tradicional o figurativa  por lo tanto, el mensaje, el todo en cuestión que este trabajo conlleva, queda claro, pero a la vez puede llegar a ser superficial, eliminando matices esenciales con tal de no perder ese supuesto mensaje ”directo” que una fotografía sobre la enfermedad – qué más directo que la fotografía de un enfermo de alhzeimer podría suponer. En este caso, los canales de comunicación pierden fluidez, es cierto, pero ganan en apertura al representar lo que conocemos desde una perspectiva impactante, en la que los códigos se han sustituido por un lenguaje subjetivo, y el mensaje puede interpretarse de diferente manera por el espectador, llegando a nuevos matices y nuevas interpretaciones ya no sólo de la obra, sino de la enfermedad como no algo maldito sino algo tan relativo como la vida misma.

Llega incluso a ser una reflexión revolucionaria porque olvida por completo los tópicos del dolor, de la evidencia y de la idea institucionalizada que los medios de comunicación dan acerca del Alhzeimer. Pasa a tratarse más bien, de la lectura cercana de un caso concreto; es el desarrollo de este caso en solitario más que la búsqueda incansable de elementos que conecten directamente con lo que la sociedad entiende por Alzheimer. Ello da una libertad de acción y de cuidado en el tratamiento donde no hay limites a los que ceñirse. Es una máxima en ” El ladrón de recuerdos” la ruptura con las vías de comunicación tradicionales y se hacen necesarias para entender un contexto en el que no encontramos vía de comunicación alguna, sino la destrucción constante de ellas.

Los materiales son esenciales para la obra de Urbano. Es la parte orgánica de esta exposición, se entienden como elementos anejos al cuerpo humano, agujeros que no conocemos. Los hilos, al igual que las conexiones neuronales permiten en el ser humano no perder las relaciones entre caras y vidas, entres ojos y experiencias. Hay un elemento en toda esta obra que nos da la clave sobre todo lo demás. El embudo. El embudo refleja la constancia con la que esta enfermedad acaba y desecha lo que la mente procura salvar. No es una reflexión salvaje, no es violenta, pero es terriblemente dolorosa.
Los recuerdos no se desaguan en una botella como alternativa a la pérdida. La mente no tiene segunda opción para salvar los recuerdos. El Alzheimer es el embudo más poderoso, aquel que con la constancia de un calabobos, elimina al individuo hasta llevarlo a la nada.

En ”El resposo de los sentidos” se materializa de una vez todo lo que supone su trabajo de investigación, una unión ideal de materiales orgánicamente humanos, los ojos de la enfermedad frente a los del paciente observador que asume el intercambio -en muchos casos traumático- de papeles, ahora su experiencia es la más válida, la encargada de salvaguardar y comunicar. David Urbano conecta con la obra de Joseph Beuys en la medida en la que decide mantener un compromiso con la capacidad de comunicar a la sociedad su intención, su actitud hacia los problemas del ser humano y de manera personal, abandonando el mensaje ambiguo y aleatorio de la enfermedad como una masa sin solución. El hecho de que consiga convertir en elementos humanos, objetos de la vida cotidiana nos recuerda a obras como ” Silla con grasa” en la que Beuys dota de humanidad, de ética, a los objetos con el fin último de mostrar y enseñar un proceso creativo, pero biográfico y didáctico a la vez.

”El ladrón de Recuerdos” es la exposición que nos recuerda la precariedad en el trato de estas enfermedades, la relativización de la misma que se hace al unificar síntomas, vidas y experiencias pero también deja entrever una nueva posibilidad para la comprensión cuasi completa de estos procesos mentales en el ser humano a través de la experiencia estética, pero de aquella que impacta, aquella elimina la paz de pensamiento y activa eso que en esta exposición se reclama como pérdida; el juicio.

La crítica fue publicada aquí.

 

 

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